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Aportes para leer, pensar y discutir

Espacio Corporeidad - Lunes 6
Cuerpo y Ciudadanía
Materialidad de los derechos
Diana Maffía

La ciudadanía, desde la definición clásica dada a mediados de siglo XX, ha dejado de verse como una condición de los sujetos para pasar a considerarse como una capacidad: la capacidad para el ejercicio de los derechos. Un ciudadano (una ciudadana) construye ciudadanía en su relación con el Estado, que es el responsable de garantizar tal ejercicio. Con sus políticas públicas (y también con su agenda oculta, con lo que no enuncia pero hace) el Estado fortalece o debilita la ciudadanía de sus habitantes, según promueva o no el respeto, la accesibilidad, la difusión, la participación y el control sobre sus derechos.
Es claro, según esta definición, que no todos los sujetos son iguales en este ejercicio y frente a estas garantías. Los motivos de esta desigualdad están inscriptos en el cuerpo: son el sexo, el color, la etnia, la edad, la discapacidad, la elección sexual, la identidad sexual. Son los cuerpos de las "minorías", aunque numéri-camente lo sean de las mayorías. Un caso especial es el de las mujeres, que no son una minoría social pero son tratadas como tal aunque forman parte de todas las mayorías y minorías porque son una de las necesarias expresiones sexuadas del género humano.
Desde el origen del Estado moderno y aún en la actualidad, las mujeres han tenido especiales dificultades para ser aceptadas como ciudadanas plenas, con autonomía y capacidad de exigencia de sus derechos. Muchos argumentos que justificaban racionalmente esta exclusión eran provistos por la ciencia, que avalaba la inferioridad de las mujeres, los negros y los indígenas. Claro que todos ellos tenían prohibido el ingreso a las universidades y a las academias, por lo que el conocimiento científico construyó su saber presuntamente universal sin la participación de buena parte de la humanidad, en particular con la omisión de las mujeres.
Así que (circularmente) las leyes del Estado impedían a algunos sujetos participar de la construcción del conocimiento que justificaba quiénes eran aquellos sujetos cuya ciudadanía estaba amparada por las leyes y quiénes quedaban fuera. No es de extrañar que los sujetos habilitados para la construcción de la ciencia y los habilitados para la ciudadanía fueran extraídos de la misma condición hegemónica: varones blancos, adultos y propietarios. Este perfil, que corresponde al sujeto privilegiado de la democracia, produce una retórica universal de derechos, cuyos beneficiarios son unos pocos que sólo se reconocen a sí mismos como iguales, y por lo tanto como los únicos en condiciones de realizar pactos.
Precisamente la noción de "pacto" o "contrato" social es la que inaugura la ciudadanía moderna. A partir de esta noción, tener derechos ya no era una cuestión de privilegios cedidos por un señor arbitrariamente a sus súbditos, sino una condición garantizada por la libertad e igualdad de la que gozaba todo ciudadano. Claro que no todos los sujetos eran ciudadanos, y de allí que el universal del discurso sólo alcanzara a unos pocos (siempre los mismos).
Por lo que vamos viendo, una vez tomada esta decisión, la condición de inclusión o exclusión de la ciudadanía puede hacerse a simple vista, porque las marcas están en los propios cuerpos: sexo, edad, raza, etnia, color, sexualidad, discapacidad. Estas marcas deben ser nombradas explícitamente porque de no hacerlo se presupone un único sujeto, el que en todas esas condiciones tiene una condición dominante, entonces puede no hablar de ellas porque comparte los rasgos hegemónicos. El sexo se nombra si es femenino, el color si es negro, la edad si se es niño o anciano, etcétera.
Durante la colonia, en nuestro territorio, si un criollo juntaba suficiente fortuna podía pedir a la corona de España un "certificado de blancura". Enviaba su fortuna al rey y éste le extendía un papel con sello y firma que decía "téngaselo por blanco". Por cierto esto no cambiaba su color de piel, pero le permitía acceder a derechos que estaban reservados a unos pocos.
Nuestra propia República se organizó sobre los presupuestos de la exclusión selectiva. Un año después de la Revolución de Mayo, el Cabildo del Río de la Plata resolvió que no se iban a considerar "vecinos" (y por lo tanto ciudadanos, capaces de participar en el debate de los asuntos públicos) ni los negros, ni los indígenas, ni los mestizos ni las mujeres. El universal de la ciudadanía quedaba así suficientemente reducido como para no poner en riesgo la exclusividad de la propiedad y el poder.
Las cosas han cambiado, pero no lo suficiente. La cultura de los derechos humanos hoy nos permite hablar de derechos universales; pero su apropiación efectiva por sujetos distintos exige que el Estado, responsable de respetarlos y garantizarlos, ofrezca activamente herramien-tas para eliminar las múltiples barreras en la construcción de ciudadanía. Las mujeres no podemos escaparnos de nuestros cuerpos para ejercer nuestros derechos, pero para ejercerlos incluyendo nuestros cuerpos las políticas diferenciales hacia nuestra sexualidad deben ser explícitas, eficaces y exigibles.
Durante muchos años, las mujeres hemos estado solas en estos reclamos. Muy lentamente se comienzan a advertir los efectos excluyentes de las políticas sobre los cuerpos, que transforman la biología en un destino social, y alcanzan en ese destino de exclusión no sólo a las mujeres sino a muchos varones a los que se coloca en posiciones subalternas por no compartir los rasgos de los sujetos dominantes.
La transformación del cuerpo de una persona en objeto de la voluntad de otra es un modo de la esclavitud. Por eso todos los movimientos sociales que luchan por los derechos de los más vulnerables, deben prestar especial atención a los derechos de las mujeres. Los cuerpos de las mujeres permanecen enajenados, expropiados, transformados en mercancía. Otros deciden por ellas. No se nos reconoce la autonomía de nuestra voluntad, se nos amordaza y se nos condiciona. Es tan impune la expulsión del cuerpo de las mujeres de la ciudadanía, que incluso quienes dicen defender los derechos humanos se permiten ignorar sus demandas. Varones y mujeres debemos considerar como un reclamo propio el que nadie vuelva a decir que es posible la democracia sin mujeres. Las mujeres hace mucho que luchamos para que nadie diga que los derechos son universales si no se pueden expresar en femenino y en plural.
Los cuerpos configuran así una frontera, la diferencia entre la identidad y la alteridad, entre el nosotros y el ellos (o ellas). La frontera es un abismo que sólo se salva con el reconocimiento y la integración, no con la omisión de las desigualdades sino con la aceptación de la pluralidad de lo humano y la universalidad de los derechos. La frontera de los cuerpos diversos puede dejar de ser un lugar de expulsión para pasar a ser un enriquecedor lugar de encuentro con lo diferente.


Diana Maffía
Instituto Hannah Arendt
www.institutoarendt.com.ar


 

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